Actualizado: 29 de julio de 2026 a las 3:23 p. m.
En una montaña de Norte de Santander, el soldado profesional Alexis Ortegón Ramírez conoció el significado más profundo del compañerismo, la fe y el sacrificio.
Era la noche del 10 de septiembre de 2019. En la vereda Mesa Rica, municipio de La Playa de Belén, Norte de Santander, el frío acompañaba a los soldados que completaban tres días de operaciones. Entre ellos avanzaba Ortegón Ramírez, entonces integrante del Batallón de Despliegue Rápido N.° 7 de la Fuerza de Despliegue Rápido N.° 3 (Fudra 3). Hoy, cuando el Ejército Nacional se prepara para conmemorar 216 años de historia, su testimonio permite reconocer a quienes, generación tras generación, han hecho parte de ella con su servicio, entrega y amor por Colombia.
Alexis iba de puntero. Su misión era despejar el camino, y fue entonces cuando, en medio de las acciones operacionales para contribuir a la seguridad de la población, la tranquilidad de la montaña se rompió abruptamente, cuando tuvieron un contacto directo de encuentro con integrantes del Grupo Armado Organizado, GAO 33, Los Pelusos, siendo atacados con ráfagas de ametralladora y artefactos explosivos. Durante intensos minutos, los soldados combatieron.
En medio del enfrentamiento, Ortegón continuó junto a sus compañeros sin advertir la gravedad de lo que acababa de ocurrirle. Solo después comprendió la magnitud de sus heridas: su uniforme registraba 16 impactos y ocho proyectiles habían alcanzado su cuerpo.
La lesión más grave estaba en su pierna izquierda y mano derecho. A pocos metros, también gravemente herido, se encontraba un cabo que para él era mucho más que su comandante: era su amigo. Intentó auxiliarlo, pero las heridas ya habían disminuido sus fuerzas. Allí, en medio de la oscuridad y todavía bajo el impacto de lo ocurrido, enfrentó uno de los momentos más dolorosos de aquella noche: ver morir a su compañero sin poder hacer nada para evitarlo.
Hasta entonces llevaba siete años y medio en el Ejército y había escuchado muchas veces una frase que acompaña la vida militar: un compañero no se abandona en el campo de combate. Aquella noche dejó de ser una frase.
El soldado profesional Jaime Cortés Rojas, contrapuntero de la unidad, llegó hasta él. En medio de la adversidad, la montaña y el peligro, tomó una decisión: cargar a Ortegón y sacarlo de allí. No importó el cansancio, lo difícil del terreno y ni el asecho del enemigo. Después, los soldados profesionales Yamid Narváez Sánchez y Monterrosa Mosquera se sumaron al esfuerzo, relevándose para llevar a su compañero hasta un lugar seguro, donde finalmente pudo ser evacuado.
Ese día entendió que en el campo de batalla también se construye familia. Una que no siempre comparte la misma sangre, pero que aprende a caminar junta, a protegerse y, cuando es necesario, a cargar literalmente con el peso del otro.
El valor de la familia y la fe
Mientras Alexis luchaba por sobrevivir en aquella montaña, a kilómetros de distancia Esmeralda, su esposa, libraba su propia batalla. No sabía qué estaba ocurriendo, pero un presentimiento no la dejaba tranquila. Oraba por él, por su protección y por su regreso.
Cuando recibió la noticia, entendió aquella angustia. Después vendría días difíciles para toda la familia. Alexis asegura que las oraciones de Esmeralda lo acompañaron aquella noche y que su fe fue fundamental para encontrar fuerzas durante su recuperación. Desde entonces mira la vida de otra manera: agradece estar en casa, compartir con su esposa y tener la oportunidad de ver crecer a sus hijos, hoy de 13 y tres años.
Su recuperación ha exigido voluntad y resiliencia. Hoy, con 14 años en el Ejército Nacional y formación en reconocimiento de Fuerzas Especiales y Asalto Aéreo, el soldado profesional Alexis Ortegón Ramírez continúa su carrera militar en el Batallón de Apoyo y Servicios para el Combate N.° 9 Cacica Gaitana de la Novena Brigada, en Neiva, Huila, donde apoya el proceso de historias laborales de los soldados.
Ya no avanza como puntero entre las montañas. Su misión hoy se cumple desde otro escenario, conservando el mismo propósito con el que decidió vestir el uniforme: servir a Colombia.
La historia de Alexis no habla solamente de ocho heridas ni de un combate. Habla de quienes arriesgaron todo para sacar con vida a un compañero; de una esposa que encontró fortaleza en la fe mientras esperaba noticias; de una familia que acompañó el camino de regreso y de un soldado que decidió que sobrevivir también significaba continuar sirviendo.
Porque hay batallas que terminan cuando cesan los disparos. Y hay otras que se ganan cada día, cuando alguien encuentra la fuerza para levantarse, agradecer y seguir adelante.